FILOSOFÁSTRICA (III): DONDE COMEN DOS, COMEN TRES

 

    Por Antonio Garcia Sancho



        Este es un viejo axioma o refrán que me repetía mi madre a menudo y que luego he seguido oyendo a mis amigos o repitiéndolo yo mismo. “Donde comen dos…” se supone que implica que siempre puede invitarse a la mesa a un invitado más o a alguien que llega sin previo aviso a la hora de comer o de cenar. Sin duda, entra en el marco ético de esas máximas morales como “dar posada al peregrino” y “dar de comer al hambriento”. Pero a mí, más allá de todo eso, al escucharla de nuevo ayer, por casualidad, me remitió -quién sabe qué mecanismo de mi mente estaba, entonces, abierto-, a la paradoja del montón.

La paradoja del montón es una vieja conocida de la filosofía de la lógica. Sin muchos rodeos, lo que plantea es lo siguiente: ¿en qué momento podemos llamar “montón” a un “montón” de cualquier cosa?. Imaginemos que tenemos un “montón” de arena. Escribo esto en verano así que, si me lee pronto y pasa sus vacaciones en la playa, no le será muy difícil seguirme. Incluso puede llevar el experimento “mental” a la práctica.

Imaginemos, decía, un montón de arena. Ahora, con precisión de cirujano o de físico cuántico, extraigamos de él un único y solitario grano de arena. ¡Esto es milagroso: sigue habiendo un “montón” de arena ante mí! Así que, empecinado y terco como mil veces me dicen que soy, le quito otro grano de arena… ¡y sigo con el montón!. No me rindo. Voy quitando uno tras otro todos los granos de arena. En algún momento, tal vez cuando tenga dos o tres granos, o veinte o treinta, dejaré de tener un montón. Pero ¿cuándo exactamente? ¿Y si hago los granos más finos aún? El “montón”, como sustantivo incontable, parece infinito. De hecho, cuando -ya con solo tres o cuatro granos ante mí-, intento recomponerlo, no sé tampoco precisar muy bien cuando puedo empezar a llamarle “montón”. Y, sin embargo, identifico sin problema ninguno (¡benditas clases de lengua y literatura en el colegio!) lo que es un “montón” y sabría definirlo.

El “montón” es un objeto concreto, determinado y físico, pero sin límites concretos. De ahí esa indefinición obstinada y pertinaz que no nos deja pensar bien cuándo damos el paso de tener “unos cuantos granos de arena” o “un grupo de granos de arena” a “un montón”.

Y es peor si acudimos a los términos del mismo campo léxico. Por ejemplo: “amontonar” implica, según la Real Academia Española de la Lengua (RAE), “poner unas cosas sobre otras sin orden ni concierto” así como “juntar”, “reunir” o “apiñar” personas, animales o cosas. Pero, según esta definición, en el momento en que tenga, pongamos, tres granos, o tres libros, o incluso dos, si los junto, los reúno o los pongo uno sobre otro de cualquier manera, tengo un montón. Nuestro montón indefinido se ha convertido, ahora, en un conjunto de tan solo dos objetos juntos, aunque pueda ser de más.

Por tanto, desde el momento en que haya algo de comida reunida en un plato, es susceptible de ser tenida por “un montón de comida”. Y también sabemos que otra de las acepciones de “montón” es “una gran cantidad de personas o cosas” según, de nuevo, el diccionario de la RAE.

Por tanto: si echo un par de cucharadas de lentejas en un plato tengo “un montón” de comida, tal vez suficiente para alimentar a un regimiento (otro de los dichos habituales de mi familia -y seguro que de un “montón” más- cuando se consideraba que se había cocinado mucha comida). Y si con dos cucharadas de lentejas tengo un montón de comida, ¿cómo no van a poder comer tres en lugar de dos? Incluso diez o doce. Todo depende de lo grandes que sean los granos de arena, es decir, las raciones de comida.

¡Milagro!, gritamos. Si nos apretamos en la mesa y en el estómago cabemos todos y todos tendrán algo que echarse a la boca. Es cuestión de repartir bien y hacer “montones” iguales para que nadie se moleste o quede con hambre.

Tal vez, alguien piense que, con lo que digo, podría estar intentando mandar algún tipo de mensaje de concienciación a la FAO, la ECHO o los muy, muy ricos, con montones de dinero en el banco. ¡Nada de eso! Esto es solo un divertimento filosófico y solo tiene una intención, no un “montón” (o tal vez sí; tendría que pensarlo).

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