Por ANTONIO GARCÍA SANCHO / Filosofando.blogger.com
El presente ensayo examina la posibilidad de una soberanía individual sobre la propia muerte a partir de una premisa mínima: el cuerpo es lo único naturalmente propio del ser humano y su fin resulta inevitable. Se explora el "decreto de muerte" —la decisión libre de disponer del propio final— como el acto de autonomía más radical sobre el cuerpo, contrastándolo con las objeciones clásicas y con el diagnóstico foucaultiano-agambeniano del tránsito del poder soberano al biopoder y la tanatopolítica. Esa hipótesis se enriquece con otras propuestas, aparentemente irreconciliables —Agamben, Cioran, Améry y Mainländer—, de cuya tensión emerge una aporía: si el decreto de muerte triunfa, el sujeto soberano desaparece en el acto mismo de ejercer su soberanía; si fracasa, es despojado de toda autonomía. Frente a este callejón sin salida, se propone una teoría del sujeto fundado: retomando la crítica nietzscheana del yo unitario y la noción lacaniano-žižekiana del sujeto como vacío que se constituye retroactivamente mediante un "gesto vacío", se sostiene que la soberanía corporal no es un hecho previo, sino un acontecimiento performativo que se funda a sí mismo en el instante de su ejercicio. Esta reformulación se abre a futuras investigaciones que puedan elaborarse desde esta perspectiva sobre el problema de la muerte del otro (por homicidio, asistencia a la eutanasia, defensa propia, etc.), en diálogo con Locke, Kant, Fichte y Lévinas.

Pensemos en la muerte. La muerte, en nuestra cultura occidental —no en otras—, nos asusta. Hablar de ella es incómodo, generalmente impertinente. Nuestra cultura es una de las que más ha relegado la muerte a una especie de territorio negado, un ostracismo que ha repercutido sobre la propia concepción simbólica de la muerte. El mundo de los muertos y el mundo de los vivos permanecen separados, incomunicados, salvo en el momento en que morimos y nuestra conciencia o nuestra alma, si creemos en ellas, transita hacia el desconocido más allá. Todos los intentos de configurar un puente, una vía de comunicación entre ambos lugares, el mundo y el submundo, quedan inmediatamente etiquetados como pseudociencia o ficción. De hecho, la ficción consagra a fantasmas, demonios, vampiros, zombis y toda una colección de seres muertos o semi-muertos a ser fuente de terror y pánico, tal vez por ese rechazo visceral que produce lo anormal, lo que se sale de la pauta, como subrayaba Foucault.La filosofía, en cambio, no ha tenido nunca miedo a pensar sobre la muerte. El tópico del memento mori medieval o las reflexiones a las que Marco Aurelio llegaba al considerarla son solo algunos ejemplos. Heidegger llega a decir que el ser humano es un ser para la muerte y, con ello, nos indica la inevitabilidad de la occisión, del fallecimiento, del dejar de ser.
Partiendo de este acontecimiento inevitable, pretendemos realizar, en este trabajo, algunas reflexiones acerca de la muerte.
La hipótesis que guiará estas páginas es la siguiente: si el cuerpo es lo único que nos pertenece de manera connatural y si la muerte es el acontecimiento que clausura ese cuerpo, entonces toda filosofía de la muerte debe preguntarse por la soberanía del sujeto sobre su propio final. Esta pregunta no se resolverá aquí como una defensa simple del suicidio o de la eutanasia, sino como el intento de pensar qué tipo de sujeto se constituye cuando decide, simbólicamente, qué hacer con su muerte.
Sobre esta hipótesis comenzaremos a elaborar los prolegómenos de una teoría que, tal vez algún día, se convierta en algo más sólido y mejor desarrollado.
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