FILOSOFRÁSTICA 2: EL DEDO DE DIOS O EL VUELO DEL HOMBRE
Por ANTONIO GARCÍA SANCHO
En la Capilla Sixtina vaticana se puede contemplar la que es, probablemente, la mejor y más icónica obra pictórica del Renacimiento, si no de todos los tiempos: la Creación del Hombre, de Michelangelo Buonarroti.
Miguel Ángel -que es como le llamamos los que no somos políglotas-, pinta a Dios extendiendo su dedo índice (de la mano derecha, por supuesto, si fuera la izquierda, la siniestra, el sentido sería completamente distinto) para tocar el de Adán, el primer hombre, que está recostado, y extiende, también, la suya (esta vez la izquierda), para tocar la de Dios.
La escena se supone que refleja el momento en el que Dios le da el ruah, el soplo de la vida, a Adán. Sin embargo, a poco que uno mire bien, ese motivo no se ve por ningún lado.
Para empezar, Dios no sopla sobre Adán, sino que viene sobre él y va a tocarle con su dedo, el dedo índice, ese dedo mágico con el que Dios señala las cosas y las nombra dándoles existencia. Dios “toca” (o va a tocar) a Adán, no le sopla. Adán, así, se convertirá en el “tocado por Dios”.
Por su parte, Adán está reclinado, pero ya despierto. No es este el momento en el que Dios le da la vida. Si eso ha sucedido, ha ocurrido antes. El hombre ya existe, ya ha sido completado y ha sido insuflada la vida en él. Cierto que parece aún atolondrado, adormecido, como tras haber inhalado los efluvios de la flor del opio en un fumadero victoriano. Pero ahí está. Despierto, vivito y coleando (aunque de esto último se encargó de dar cuenta Pío IV)
Adán también tiende su mano. Bien distinta de la de Dios, es verdad. Es casi una pose más para que alguien se la tome y se la bese que para un contacto divino.
Hay más contrastes entre las dos figuras: Dios Todopoderoso es anciano y viaja por los aires rodeado de ángeles o amorcillos, que el pintor sabe confundir a ambos, aunque unos sean asexuados y otros los símbolos de lo erótico. Adán es robusto, luce palmito, cuerpazo, como los que le gustaba pintar a Miguel Ángel. Y, sin embargo, es Dios la figura potente, fuerte, poderosa.
Si nos fijamos bien, podríamos leer el cuadro de una forma un tanto subversiva, aunque seguramente estemos rozando el disparate: frente a los convencionalismos católicos de la época, Miguel Ángel ha pintado una herejía, bajo las propias narices del clero (o sobre sus cabezas, tanto da).
Lo que Dios le va a otorgar a Adán y, por extensión, al Hombre, a toda la humanidad, es su don divino. Ese dedo que nombra y crea, que señala y produce. Dios le otorga al hombre el don de crear. Y no es una imagen inocente, sino que condensa en sí el nacimiento mismo del Modernismo.
Desde Platón, y después con el cristianismo, que a través de Proclo o de Plotino le copiaron la idea, el hombre es, básicamente, un dualismo andante: cuerpo y alma. No están ambos, sin embargo, al mismo nivel. El alma es la verdadera esencia del hombre, mientras que el cuerpo es poco más que una piel de serpiente, algo de lo que nos podemos desprender sin ningún pudor ni culpa al morir y que su única función es servir de corsé y cadena a la levedad de nuestro verdadero yo. El alma. Un alma que, en el Génesis, Dios la inserta en el hombre a través de su soplo divino. O tal vez eso no es el alma, sino el espíritu, y entonces estemos hablando de un ser tripartito. No importa mucho: para el católico de entonces, solo había cuerpo y alma, “cosa” corpórea y espíritu inmaterial y trasparente.
Y, sin embargo, ahí llega Miguel Ángel y nos muestra -yo insisto en que mi lectura puede no ser correcta, pero me esforzaré en justificarla- al hombre-dios. Adán no recibe un alma o, al menos, no solo eso. Adán es “tocado por Dios”, Dios le transmite, en ese gesto (¿por qué, si no, tras darle vida y un cuerpo perfecto y sin ir al gimnasio), va a volver a tocar a su criatura? ¿qué extraña despedida es esta que hace volver a Dios hacia Adán -así lo indica la posición del cuerpo del Alto Padre- antes de marcharse definitivamente? ¿Qué pretende Dios tocando al primer hombre? ¿Y por qué con el índice?) ese toque que estamos a punto de presenciar no es otra cosa sino una transmisión. Dios transmitiendo su divinidad al hombre. “A partir de ahora, hijo mío, tú crearás”. Y al séptimo día, Dios descansó. Ya había concluido toda la creación. Lo que estaba haciendo en ese instante que captó Miguel Ángel era delegar en Adán la responsabilidad de seguir creando en su lugar.
Esa frase del Génesis, la del descanso divino, llevaba a maltraer a San Agustín. ¿Cómo es posible que Dios descansara? Dios debía seguir creando el resto de almas de las personas. No podía descansar. Y, sin embargo, si no estuviera Dios aún en ese descanso, su creación no estaría completa. Pero ¿cómo puede una obra de Dios ser incompleta, es decir, imperfecta? Aquello no tenía sentido. Ahora bien, ¿Y si lo que ocurre es que el alma de cada nuevo ser humano es el fruto de una semilla que Dios dispuso en Adán y que se transmite de padres a hijos gracias al semen. El alma de cada ser estaría en potencia en la semilla de Adán, que la habría transmitido de padres a hijos a través de generaciones y sería acto (¡gracias Aristóteles!), en cada nueva vida. Y eso que no se había descubierto la ciencia de la genética.
Lo que no calculó San Agustín -porque sería una herejía- y tal vez sí bio Miguel Ángel, es que así es como Adán se transforma en el nuevo Dios. Adán, el hombre, el ser humano, es Dios mismo y tiene la capacidad de crear nuevas almas. Porque Dios le ha “tocado” y le ha transmitido su don. O, tal vez, porque eso no es más que una metáfora de que el hombre siempre ha sido Dios, de que, como quería Spinoza, Dios o la naturaleza (y el hombre es naturaleza) son uno y lo mismo. Incluso mucho más de lo que el propio Spinoza se atrevió a manifestar para esquivar el panteísmo.
Miguel Ángel nos habla del hombre como Dios. Varios siglos antes de que Nietzsche le gritara al hombre que despabilara y se hiciera superhombre. El hombre solo tiene que despertar de su languidez y “ser tocado” por lo divino que ya está en él para ser un demiurgo.
En esto, sin embargo, hay un peligro: si el hombre olvida su identidad con la naturaleza y atiende solo a su faceta divina, puede llegarse a creer que lo hace por méritos propios. Olvidará que él es polvo al que se la ha insuflado la vida. Que es barro moldeado por Dios o la naturaleza. En suma, olvidará de dónde viene y por qué puede crear (al fin y al cabo, nada puede ser hecho de otra materia que no sea ella misma, la potencia solo pasa a acto siendo acto de lo que era en potencia y nunca de lo que no era, la semilla de manzano solo puede dar manzanos, no higueras).
Creo que al hombre le está pasando un poco eso: se ha deslumbrado tanto con su razón instrumental, con su poder de generar y producir mercancías, con su faceta de creador (de cultura, de “contenidos”, de identidad, de objetos con obsolescencia programada, de imágenes…) que cada vez ha ido dejando más atrás -también Nietzsche lo advertía-, su faceta más humana, su ser de barro, su origen de criatura de la naturaleza. Y lo que se aparta de su verdadero ser se convierte en algo artificial (= poco natural).
Miguel Ángel nos dio la clave para leer al hombre como ser divino y lo pintó reposando en la tierra, por oposición al Dios volador que llega hasta él para concederle su poder o su maldición. Si su divinidad, le lleva a alzar demasiado el vuelo y olvidar el suelo, entonces será ya un dios completo, tal vez, pero nunca más un hombre.
Quizás aún no sea tarde.



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