OBITUARIO/ Fallece a los 104 años de edad Edgar Morin, el filósofo de la complejidad iluminadora

    Por Filosofilando



Edgar Nahoum fallecía el pasado 29 de mayo de 2026 en su domicilio. Estaba a punto (lo haría el 8 de julio) de cumplir 105 años de vida. Nacido en París en 1921, su vida no fue sencilla desde el inicio, ya que su madre, Luna Beressi padecía una insuficiencia cardíaca -que ocultó a su marido- que podía haber puesto en peligro a la madre y al hijo en el parto. Luna logró vivir solo seis años más, pero el niño resultó un superviviente nato, no solo sobreviviendo a ese difícil parto, sino también a una niñez frágil y enfermiza, dos guerras mundiales (la segunda siendo miembro de la Resistencia francesa), y a una larga vida dedicada al pensamiento y el análisis profundo de la sociedad. Fue miembro del MNPGD (el Movimiento Nacional de Prisioneros de Guerra y Deportados), donde pensó utilizar el sobrenombre de Edgar Malraux, en homenaje al autor de La condición humana, pero al registrarle, el compañero que lo hizo entendió mal el nombre y escribió “Morin”, de manera que esa anécdota marcó el resto de su carrera como autor.


Morin se vio atraído siempre por la contradicción. Las grandes ideas de la humanidad siempre parecían manifestar dos polaridades: bueno/malo, guerra/paz, libertad/esclavitud, izquierdas/derechas… Reflexionando sobre ello y con la ayuda de Heráclito y Hegel, fue como llegó a concebir una nueva forma de pensamiento, un pensamiento al que llamó “complejo” y que se basaba en sostener que la visión de los opuestos no es sino una visión sesgada y parcial y que, bajo las polaridades, la realidad de las ideas y de los hechos comporta más nexos de unión que de separación. Comprender la realidad, que es algo complejo y está interconectado, no puede ser el resultado de la decisión de un momento. Es necesario recabar todos los datos, reflexionar sobre ellos y localizar las redes que interconectan esa multiplicidad de datos para poder comprender. Simplificando: no podemos entender a Aristóteles y su motor inmóvil sin conocer el rechazo de los griegos al concepto de infinito, no podemos comprender a Rousseau sin el trasfondo de la ilustración ni el posmodernismo sin la derrota de los ideales ilustrados en la segunda Guerra Mundial o la profunda convulsión que supuso la física cuántica en el ámbito científico, derribando incluso el macro-relato de un cosmos ordenado y  previsible.


El pensamiento complejo de Morin de basa en la idea de dialéctica: en lugar de suprimir uno de los polos en las ideas enfrentadas (duda/fe, razón/misticismo, revolución/reforma…) se deben asumir ambos y mantenerse en ese movimiento pendular entre el uno y el otro, pues ambos son necesarios y convenientes para el conocimiento. Ambos polos están fundados en razones e ideas que los validan, aunque su interpretación o aplicación no hayan sido los más deseables o constructivos. Y es que respetar y conocer en profundidad las ideas del rival nos permite comprender lo que le ha llevado hasta allí e incluso la parte que tiene de razón. No se trata de no tomar partido, pero sí de no despreciar o anular, porque estaríamos renunciando a cuanto de verdad constituye la opción del otro.

A este principio se suma el de auto-eco-explicación: ningún fenómeno está aislado de su entorno, todos influyen en él y son influidos por él a un tiempo. Se opone, entonces, a la eliminación del influjo del ecosistema sobre los fenómenos. Pero, a su vez, el prefijo “auto” no está ahí por nada. Junto a esa forma de determinación se encuentra también la autodeterminación de la explicación o, lo que es igual, aunque el medio influye, no es lo que explica por completo la idea. El principio de auto-eco-explicación conlleva, pues, un principio de exo-endo-causalidad, una causalidad tanto externa como interna a la idea.

Para Morin, un sistema de ideas, un sistema político, un sistema de lo que sea, en definitiva, no puede reducirse a sus partes ni la suma de las partes explican el todo. El pensamiento simple no puede unir unidad y multiplicidad, pero el pensamiento complejo está obligado a pensar el sistema como una unidad múltiple. Esto le lleva al concepto de la realidad hologramática: al igual que en un holograma, al igual que en cada célula de nuestro cuerpo está inscrita la totalidad de lo que somos en el ADN, la realidad es un todo que radica en cada parte de ella y cada elemento de la realidad contiene el todo.  

La deriva lógica de este pensamiento es la idea de recursividad. Para Morin, la causalidad, la ley causa-efecto que supone una linealidad temporal, no tiene sentido: los productos y los sucesos que los producen son, ambos, causas y consecuencias a un tiempo: si el individuo es la causa de la sociedad, no es menos cierto que la sociedad será la causa del individuo.

 

Y así, el pensamiento de Morin va elaborando una forma de entender la realidad no excluyente, incluso absoluta podríamos decir, donde el todo es algo más que la suma de las partes pero sin la relación entre las partes, incluso las más opuestas, no podemos entender la vida, la sociedad y nuestra realidad.

Morin se ha marchado de este mundo para siempre, pero vida y muerte no son sino dos polos de la misma realidad que están interconectados y su obra va a quedarse mucho más tiempo, si es que el concepto de tiempo no es, en realidad, lo mismo que su opuesto: la eternidad.

 

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