HEMOS LEÍDO: 'EL SUBLIME OBJETO DE LA IDEOLOGÍA' de Slavoj Žižek
'El sublime objeto de la ideología’
Hegel y Lacan explican la razón cínica
Por Antonio García Sancho
El esloveno Slavoj Žižek es, hoy en día, sin duda, junto con otros pocos nombres como los de Byung Chul Han o el alemán Peter Sloterdijk, probablemente el filósofo con vida más conocido popularmente tanto dentro como fuera de los círculos académicos. Su producción es enormemente prolija (si se me autoriza el epíteto) y, aunque su forma de exponer los temas que trata ha ido haciéndose cada vez más desordenada, caótica y comprimida, sus ideas iniciales y sus primeras intuiciones y aportaciones a la crítica de la ideología y el capitalismo se han mantenido incólumes.
El que acabamos de leer es uno de sus primeros libros, concretamente el segundo tras el resumen de su tesis doctoral sobre Hegel (El más sublime de los histéricos, Madrid, Sequitur, 2012) y ha sido reeditado recientemente en una nueva edición (Madrid, Siglo XXI, 2025) que es la que tenemos entre las manos.
El sublime objeto de la ideología pasa por ser uno de los libros más difíciles de su autor (e incluso uno de los más complejos de la historia de la filosofía en general), pero también uno de los más brillantes. Y no defrauda en ninguno de esos dos sentidos. El título del trabajo ya nos guía por derroteros que Žižek seguirá de continuo: ¿no recuerda, acaso, al título del film de Buñuel El discreto encanto de la Burguesía? Pues, efectivamente, el cine será uno de los recursos a los que el autor recurrirá de continuo en toda su trayectoria literaria. En esta misma obra no son pocas las referencias a Hitchcock, por ejemplo.
Pero, fuera de estos recursos que son, en definitiva, junto con su acento provocador y su manera efusiva de defender sus ideas, los que le han llevado a la popularidad, el libro trata de ser una contribución a la crítica de la ideología que viene a corregir un defecto o, más bien, una ausencia, repetida en los analistas anteriores. Žižek nos dirá que la crítica a la ideología no debe hacerse tanto atendiendo a la forma en que se forja tal ideología, sino que debe preguntarse por qué ha adoptado esa forma, cuáles son los motivos que la han llevado a ser tal ideología. Y es, en ese sentido, donde Žižek nos advierte del giro que ha dado el concepto.
Comienza su obra estableciendo una comparativa entre Marx y Freud. Este último, contra lo que a veces se afirma, no estaba tan preocupado por el código del sueño, por los símbolos con que el inconsciente quería expresar algo que habíamos reprimido en la vida no onírica a través del sueño, sino en por qué el inconsciente adoptaba esos símbolos y no otros cualesquiera para expresarlo. Allí, en ese viaje del inconsciente al significante del sueño, era donde se encontraba verdaderamente lo reprimido.
Marx elabora el mismo viaje. Lo importante de su crítica al capitalismo no es que esta visión de la economía haya adoptado esa forma, sino en qué medida el fetichismo de la mercancía genera, de manera irrevocable la forma de ser del capitalismo y, a la vez, forja sus límites o sus posibilidades.
Pero Marx entendía que tras la ideología había gato encerrado y lo resumía en su célebre frase: “ellos no lo saben, pero lo hacen”. Con ella, Marx habría definido la ideología como un engaño que lleva a la clase obrera a hacer lo que no quiere hacer:. El engaño de la ideología estaba según el autor de El Capital, en que las gentes no supieran que, en realidad, estaban cayendo en un fetichismo inconsciente cuando confundían las relaciones entre personas con las relaciones entre las cosas. El capitalismo conseguía crear la ilusión de que, cuando compramos y vendemos, intercambiamos mercancías y que estas tienen un valor intrínseco, el que pagamos por ellas, sin sospechar que, en realidad, tras esa apariencia está el verdadero valor: las relaciones de trabajo entre los propietarios de los medios de producción y el proletariado.
Ya Peter Sloterdijk criticaba -y así lo reconoce Žižek, que ha hecho suya la máxima-, que hoy en día la gente no estaba engañada en el sentido en que Marx aseguraba. Hoy sabemos que el dinero no es más que un objeto al que dotamos de valor para facilitar los intercambios, pero que un dólar no “vale” un dólar. Hoy, conocemos el valor del trabajo y las relaciones de explotación que existen, muchas veces, tras los intercambios comerciales. Por eso Sloterdijk declara que vivimos bajo el imperio de la razón cínica. Una sociedad cínica que “sabe lo que hace, pero aun así lo hace”. Es el autor alemán el que ya se apercibe de que el ciudadano ya no está engañado. Lo que ocurre, en el fondo, es que sigue sin hacer nada. El cínico contemporáneo, al contrario de lo que sucedía con cinismo clásico griego, se contenta con afirmar “a mí no me engañas”, pero no cree que pueda hacer nada para cambiar la situación y su única “venganza” frente al sistema es poner las cartas boca arriba y decirle que sabe lo que está haciendo. Pero este es, precisamente, el riesgo mayor según la óptica de Žižek. Saben lo que hacen, pero aún así lo hacen, repite el eslavo, pero la pregunta, entonces, es ¿por qué lo hacen? Precisamente porque creen que nada puede cambiar. Y ese es el peligro, ese es el engaño de la actual ideología. El cinismo, la crítica al capitalismo, la sátira o la protesta, no hacen mella en él porque nadie cree seriamente que pueda cambiarse el sistema. Una idea a la que han contribuido, por cierto, los redundantes fracasos de los intentos comunistas por crear otro sistema igual de sólido bajo el prisma marxista.
Žižek va a desgranar, en las sucesivas partes de su libro, qué es la ideología y, aún más importante, cuál es el sujeto de la ideología. Para ello, se basa en una lectura muy personal, pero iluminadora, de algunas de las tesis de Hegel, ofreciendo un giro interesante a la forma de entender su dialéctica, utiliza como trampolín hacia la comprensión profunda de la ideología a Althusser, se apoya para dar el salto hacia el sentido en Kripke y solicita la ayuda de Lacan que, casi codo con codo con el eslavo, presta sus propuestas complejas e intrincadas -a veces hasta salvar por poco el disparate-, para desentrañar qué sucede tras la ideología. Una ideología que no es, para Žižek, sino un significante vacío que termina por acolchar una cadena de significantes del mismo tipo, dando, entonces, a posteriori, sentido al conjunto. Sus peculiares características la hacen ser un fenómeno a prueba de positivismo: basta que alguien diga que el comunismo ha fracasado, como se ha probado con el troskismo para que el comunista responda con un sonoro: “¡eso no era el verdadero comunismo!”.
La ideología de Žižek es la de un sujeto que se aleja a las antípodas del sujeto cartesiano y se acerca, por el contrario, al sujeto absoluto de Hegel. Este sujeto lo es en dos sentidos distintos: por una parte, está “sujeto” al mando político, es una pieza del engranaje del poder sin más solución que acatarlo pero, por otra, mediante un gesto simbólico, puede apropiarse de la realidad, tomarla como una construcción personal de la que se hace responsable y, a partir de ese gesto vacío, de ese saberse fantaseando, como el niño que juega, adoptar el rol de creador de su mundo, de sujeto absoluto, lo cual, concluye nuestro autor, no sucederá hasta que no “atraviese la fantasía” de la ideología y descubra que, tras ella, no hay, en realidad, nada que la fundamente.
Žižek despliega un aparato crítico complejo, que dialoga con los autores mencionados y que sazona con ejemplos del cine y la cultura pop a la vez que desarrolla la evolución del gráfico del deseo de Lacan. Sus argumentos no son fáciles de seguir y, en ocasiones, se tiene la sensación de que nos hemos desviado de nuestro objetivo ideológico y nos hemos adentrado en un inextricable análisis psicoanalítico aplicado a la sociedad pero, sin embargo, Žižek va a ir regresando, de tanto en tanto, cíclicamente, a las ideas fuerza de la obra, como son la comparativa de la ideología con el síntoma o la de la formación del sentido de esta de manera retroactiva.
Probablemente, al terminar, la sensación del lector -así ha ocurrido en muchos casos, como no pocos confiesan-, sea la de que debe regresar al texto en otro momento, revisarlo cuando conozca algo mejor la tesis de Žižek, o haya leído (si tiene ánimos) previamente, los seminarios de Lacan. Y es cierto que, durante su relectura -como nos pasó a nosotros-, se vivan algunos de esos momentos “eureka” creyendo entender alguna parte del desarrollo, pero probablemente será necesaria incluso una tercera lectura para engranar todo el gran mecano que deja Žižek en estas páginas.
No es malo, creemos, no obstante, que un libro no se nos aparezca transparente del todo a la primera y que fuerce a otras lecturas. Al fin y al cabo, la filosofía explora territorios complejos -como el sujeto mismo- que no siempre son aprehensibles de manera sencilla y que pueden enfocarse desde una multitud de puntos de vista y relacionarse entre sí en una casi infinitud de formas.

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