LA INTOLERANCIA TOLERABLE
Por ANTONIO GARCÍA SANCHO
En las líneas que siguen proponemos una lectura de la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper no como un principio jurídico acabado, sino como una pregunta filosófica abierta que interpela al corazón mismo de la democracia liberal: ¿puede una sociedad que se funda en la tolerancia permitirse ser intolerante con la intolerancia sin contradecirse y destruirse? A partir del diagnóstico popperiano y de las herramientas conceptuales de Hannah Arendt para definir lo radicalmente intolerable, se examina el desafío contemporáneo que plantea la llamada "cultura de la cancelación" como una forma de error categorial —en el sentido de Gilbert Ryle— que confunde el juicio moral con el argumento racional. Se analizan, asimismo, las dos grandes dificultades que obstaculizan cualquier solución puramente racionalista: la asimetría estructural que hace inviable el ideal habermasiano de la comunicación simétrica, y la evidencia acumulada por la neurociencia y la psicología moral de que las creencias y conductas políticas son movilizadas, antes que por la razón, por las emociones, los marcos narrativos y las intuiciones tribales. La conclusión apunta a que la defensa de la sociedad abierta no puede confiarse exclusivamente a la razón pública, sino que debe ser también una empresa afectiva, narrativa y pedagógica: no basta con que la tolerancia sea razonable; es necesario, además, que sea deseable.
Hay preguntas que, apenas formuladas, nos obligan a dejar de caminar. No es que sean más difíciles que otras, sino que tocan algo que preferiríamos no tocar, alguna convicción que creíamos firme y que de pronto aparece ante nosotros temblorosa y frágil. La paradoja de la tolerancia, que Karl Popper enunció con desarmante sobriedad en una nota a pie de página (1) de La sociedad abierta y sus enemigos (1945), es una de esas preguntas.
La formulación es conocida, aunque no siempre leída con la atención que merece: "La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes; si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra el ataque de los intolerantes, entonces los tolerantes serán destruidos, y con ellos la tolerancia." El argumento tiene la fría elegancia de una trampa bien urdida. Una sociedad democrática se funda en la tolerancia; pero si esa tolerancia es absoluta, engendra en su seno a quienes utilizarán sus mismos mecanismos —las elecciones, la libertad de prensa, el derecho de asociación— para derogarla desde dentro, una vez que hayan alcanzado el poder. La tolerancia sin límites se fagocita a sí misma. Y, sin embargo, poner límites a la tolerancia parece ya, por sí mismo, una forma de intolerancia.
Cuestionarnos esta paradoja no es ni debe ser un juego intelectual. Si alzamos la mirada, por un momento, de la pantalla o las páginas donde esté el lector siguiendo este artículo, verá que hoy, el riesgo de cumplirse lo que promete Popper es muy elevado. El triunfo de las ultraderechas...
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